El peor enemigo

¡Maldita la hora en que desarrollamos el hábito de ponernos el pie entre nosotros!

Tal vez hayas escuchado aquello de “no hay peor enemigo para un mexicano que otro mexicano”. ¿Te suena? Bueno, pues acorde a lo que he visto acá, esto lamentablemente también aplica para el resto de los latinoamericanos.

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Cuando llegas a vivir a otro país, y más si éste tiene un idioma y cultura distintos a los tuyos, lo primero que buscas es quien sea afín a ti. Así fue en nuestro caso.

Al emprender esa búsqueda de paisanos latinos, fuimos conociendo gente de muchos orígenes y disciplinas (¡yupi!), pero al poco tiempo descubrimos que hay una fuerte tendencia a hablar mal de los demás (¡buuu!). ¿Por qué?

Todo comenzó cuando tuvimos la idea de crear un proyecto para los latinos en Canadá. Buscamos quien pudiera apoyarnos y fue así que conocimos a tres personas (latinas); se dedicaban a lo mismo pero cada uno pertenecía a una organización distinta. Al conversar con ellos, cada uno por su lado, no tuvimos que preguntar mucho para que solitos soltaran puro comentario negativo de los otros dos.

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Podríamos pensar que las comunidades latinas en el extranjero se unen por aquello de que están lejos de casa y bla bla bla (motivo emotivo-filosófico-optimista-inspirador), pero no. Tristemente no. Tal cual lo que vemos en nuestros países también sucede acá.

Vaya ilusa. Disculpa. 😦

¿Es en serio que además de trabajadores, fiesteros, alegres, también somos envidiosos, expertos en señalar los defectos del prójimo y aplastarlos con chismes?

Tal parece entonces que sólo podemos apoyar y ser amigos de aquellos que no representan ninguna “amenaza” para nosotros, o que de alguna manera nos sirven para llegar a donde queremos.

Entonces mis siguientes preguntas son: ¿porqué creemos que para salir adelante es necesario quitar del entorno a “las amenazas”? ¡¿qué “amenazas”?!

Reflexionando y pensando hasta en los traumas heredados por nuestros antepasados, he aquí mi hipótesis:

Llegaron los españoles, descalificaron nuestra cultura, y acabaron de mil y un formas con quiénes éramos. Aprendimos que para ganar alguien debe morir.

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Sin embargo, nuestro ímpetu por destacar, por triunfar, no ha desaparecido. Es algo inherente al ser humano y ¡qué bueno!… pero qué malo que sólo sepamos hacerlo a costa de vencer a los demás que, dicho sea de paso, ni vela tienen en nuestro entierro.

Tenemos una idea muy mediocre sobre lo que es triunfar; porque sólo alguien mediocre se considera exitoso cuando daña a los demás, en vez de realmente ocuparse por ser lo más rifado posible.

Llegado a este punto ¿qué es lo que realmente buscamos? ¿cumplir un objetivo particular (como poner un negocio) o siemplemente generar envidia y demostrar que “no somos débiles y fracasados” como alguna vez nos lo hicieron creer?

¿Quién entonces es el “débil”? ¿Aquél que necesita aplastar a los demás para considerarse triunfador o aquél que trabaja por su objetivo incluso apoyando a quienes buscan algo semejante?

Se dice fácil, suena lógico; sin embargo ¿cómo hacemos para terminar con ese comportamiento que pareciera ser una reacción inconsciente?

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