Entre el desapego y el corazón acongojado

Visto fríamente, irse a vivir a otro país “no es tan complicado”: decides qué vas a hacer allá, reúnes los papeles y pagos de cada trámite, si todo sale bien te aprueban la visa, juntas dinero, aprendes el idioma, encuentras dónde dejar las chivas que no te caben en la maleta, haces una fiesta de despedida y listo, ¡comienza la aventura!

Sin embargo, ¡todo eso es lo de menos! El GRAN TEMA es desprenderse de todo y… todos.

Regalar o vender mis cosas reconozco que está siendo un superejercicio de desapego y de mentalizarme/intencionarme por que en el futuro pueda tener algo igual o mejor. También me he dado cuenta que si a mí me pesa, no imagino cómo se sintieron los damnificados por el temblor del año pasado, lo mío es una tontería comparado con eso.

Pero por el otro lado está la gente. La única sensación semejante que he encontrado con respecto a eso es cuando terminas con una pareja a la que quieres mucho, con la que compartes amigos, te cae bien su familia y, en general, sientes que son bastante compatibles. Existe una especie de luto dado que no los volverás a ver al menos en un buen rato.

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Conforme se acerca el día de volar esa sensación llega más seguido y entonces lo que aplico es un coco wash de que la distancia es relativa y de que hay mucha tecnología y maneras de comunicarse para estar y sentirme cerca. Lo chistoso es que después de “empoderarme”, invariablemente el corazón se vuelve a acongojar… ¡fuck!

Ahora, aunque no está padre sentirse así, reconozco que ha traído cosas muy buenas:

  1. Aquello de “vive cada día como si fuera el último de tu vida”, ¡sí pasa! Ahora busco no perderme los eventos de la gente que quiero, frecuento más a mis papás, las personas que antes me desesperaban hoy hasta las disfruto y, en general, mi relación con los demás es más bonita, siento que los quiero más.
  2. Es más fácil priorizar. Me organizo mejor, encuentro la manera de hacer lo que realmente quiero, le bajé al “cumplir por cumplir”.
  3. Desaparece la desidia. Ahora postergar o tener flojera es quitar un día de vida aquí, es retrasar algo o restar momentos con mis seres queridos.
  4. Aumenta la fortaleza. A esto aún no le encuentro una razón lógica: a pesar del tremendo miedo-nervio con respecto a lo que sucederá al llegar allá, lo que pasa aquí lo tomo con más seguridad y responsabilidad, me siento fuerte… ¡de seguro mi Silvia interior anda muy “gallita” porque sabe que allá se le van a caer los chones!

En fin, a menos de 50 días de tomar ese avión, sólo puedo pensar que esta sensación de corazón apachurrado o pre-extrañamiento sólo la viviré una vez, al menos así de intensa… Seguiré viendo cómo “disfrutarla” y capitalizarla en algo productivo en vez de “padecerla”. No todo el camino hacia cumplir un sueño es bonito, amable o alegre ¡y no está mal!

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Ni hablar, vamo’ a darle…

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