Hoy quiero hablar del tiempo.
Nos guste o no, todos vivimos gobernados por el reloj. Es el aparato que nos sitúa, nos organiza y nos coordina con el resto de la sociedad. De hecho, el otro día estaba pensando que es de las poquísimas cosas por las que la humanidad no se pelea.
Los relojes siempre están ahí, marcando el paso de las horas. Nunca se aceleran, nunca se calman, siguen un ritmo constante perfecto e incansable, aunque los humanos no estamos tan acoplados. Es más, si publicáramos en Facebook nuestra relación con “el tiempo”, sería una relación complicada.
Por un lado están aquellos que ven al reloj como su amo. Priorizan la puntualidad hasta en actividades irrelevantes. Se enojan o frustran fácilmente porque la gente a su alrededor no marcha al ritmo de los segundos como ellos. Sin embargo, el vivir bajo el yugo de las manecillas los lleva a tener complicaciones con “el sentirse libres”.
Otros ven al reloj como el gran villano. Lo sufren y se quejan eternamente, o se proponen desafiarlo hasta vencerlo. De ahí tantas quejas de “es que no me da tiempo para nada” o tanta negación a envejecer. Hay un deseo profundo por que las manecillas se detengan o vayan más lento.
También existe gente a la que simplemente le vale. Ellos giran en una órbita distinta: la de su cabeza. Pueden tener un reloj puesto en la muñeca pero no hacen caso a lo que marque. Para ellos una hora puede durar 600 minutos y así organizan sus actividades. Suelen ser impuntuales y ni siquiera entienden porqué si según ellos “todo iba en tiempo”.
Y así vivimos, con el tiempo catalizando alegrías, estreses, miedos, melancolías, enojos, o incluso sacando nuestro YO más rebelde.
Nos enfrenta con nuestras expectativas y planes; así como también con lo que evitamos y nos asusta. Pero él no se inmuta. No agrede y no consuela. Él simplemente es.
La relación con él es fluida. Hay temporadas o días en los que nos sentimos sincronizados y otros brutalmente descoordinados.
Suena complicado y aún así, se dice que lo más sano es no resistirse. “Darle tiempo al tiempo” o “dejar que el tiempo haga lo suyo”. Vaya vaya…
Me imagino a todos aquellos que en la antigüedad se rompieron la cabeza encontrando una forma de medir el tiempo. Seguramente nunca pensaron los retos que eso iba a traerle a todos los humanos, por el resto de la historia.
Gracias por leer 🙂
