Por los estereotipos

Dicen que cuando algo te llama la atención o te comienza a interesar, te lo encuentras más seguido. Como cuando dices “¡los carros amarillos!” y de pronto ves carros amarillos por todos lados. Siempre estuvieron ahí, pero hasta ese momento los notaste.

Mis “carros amarillos” son los estereotipos. Ése término me ha llamado la atención desde hace mucho, pero desde que migré aumentó mi interés por saber más al respecto, porqué se crean y cómo evitarlos.

El convivir cotidianamente con personas de todo el mundo ha facilitado notarlos. Sin embargo, no fue sino hasta que me puse a leer un libro que habla específicamente de los prejuicios y estereotipos y la discriminación que generan, que me lo tomé verdaderamente en serio. Desde entonces siento que traigo la lupa puesta sobre mis reacciones y las de los demás.

El origen es algo natural

El cerebro humano por naturaleza agrupa, de hecho así es como comenzamos a identificar conceptos. Por ejemplo, los gatos; cuando somos niños encontramos las características que tienen en común y listo; nuestra mente a partir de entonces llama “gato” a todo lo que tenga esas cualidades.

Pero cuando agrupamos a partir de rasgos más abstractos, que apoyan una creencia que alguien tuvo alguna vez, es cuando estereotipamos. Y por lo general, en ese estereotipar, siempre alguien sale perdiendo y se dañan las relaciones humanas.

Esas creencias, suelen ser sólo eso, creencias, y por lo tanto tienen cierto grado de falsedad que, entre otras cosas, terminan por armar el escenario perfecto para diseminar el racismo, el clasismo, la misoginia, etc.

¡Es tan profundo que ni nos damos cuenta!

Hay estudios que han demostrado que varias de nuestras reacciones para con ciertas personas son como son por los estereotipos que alguna vez aprendimos. Y los efectos los conocemos perfecto, algunos de ellos:

  • La aún menor cantidad de mujeres en puestos de autoridad.
  • La mayor frecuencia de abusos de la policía hacia las personas de alguna minoría.
  • La gran cantidad de imágenes que continúan calificando (casi siempre de manera implícita) la belleza con un sólo tipo de apariencia.

Por lo tanto no es de extrañar que si nos piden describir a un CEO, a un delincuente o a una chica guapa, lo más probable es que al menos la primera imagen que aparezca en nuestra mente siga esos estereotipos.

Y si bien es cierto que muchos lo criticamos y “exigimos justicia”, en la vida cotidiana es altamente probable que sin ser conscientes, actuemos en mayor o menor medida con base en esos estereotipos.

El libro que te menciono habla de esto* y de cómo se ha comprobado con distintos experimentos sociales. En uno de ellos, se le dio a las personas dos perfiles de candidatos para el mismo puesto de trabajo, un hombre y una mujer, y se les pidió que eligieran al que les pareciera más capaz. La mayoría eligió al hombre a pesar de que los perfiles tenían ¡LA MISMA INFORMACIÓN!. 🫤

¿Y entonces qué se hace?

A estas alturas me ha quedado claro que es prácticamente imposible estar libre de prejuicios. ¿Estamos jodidos?

Mmm… Creo que depende de qué tan dispuestos estamos a salir del hábito. Ayuda mucho el ponernos atención y cuestionarnos a nosotros mismos cada vez que pensemos o nos comportemos de cierta forma con alguien.

Hace poco me pasó que saliendo de una tienda vi a un hombre desaliñado, fumando tabaco, recargado en un rincón. Mi primera reacción fue pensar que o estaba drogado o podría decirme algo, como uno de los homeless de la ciudad. ¡Estereotipo! porque, dicho sea de paso, de todas esas personas que viven en las calles, sólo una proporción muy pequeñala es la que aborda a las peatones; o sea que ni por ahí había razón que lo explicara.

Y ya sé que además esto está agudizado porque soy de la CDMX y allá nos cuidamos hasta de nuestra sombra; sin embargo, no me parece que mi automático haya sido tenerle mala vibra a alguien que como dice el meme “ni me topó”.

Este ejemplo podría ser casi irrelevante porque ni conviví con el hombre, lo malo es que esas “vibras” también suceden en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los círculos de conocidos, etc. y ahí sí llega a traducirse en que alguien no obtenga el ascenso que se merece, o la carta de aceptación a una universidad, o que no le den mesa en un restaurante. Tristemente, ejemplos y pruebas sobran. 😦

¿Qué se hace?

Hoy el mundo está bastante podrido como para quedarnos ahí en vez de pasarnos del lado de quienes trabajan como pueden y en lo que pueden para practicar y esparcir la justicia y la buena ondita.

Así que, Paso 1: Nos toca aceptar que muy probablemente estamos malitos de nuestras creencias. No te sientas mal, no somos culpables de haberlas adquirido, vivimos en esta sociedad que las tiene y las contagia y ni modo. La buena noticia es que somos responsables de lo que hacemos con ellas, es decir, somos capaces de ir cachándolas para pararlas.

Hasta aquí mi reporte Joaquín. Si te llamó la atención el libro y se te da el inglés ¡léelo! Se llama The End of Bias, la autora es Jessica Nordell. Todo lo sustenta con ejemplos, estadísticas o estudios, por lo tanto la información llega directito a la razón… y al corazón también. 🤯




* En la página 96.

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